Las campanas de San Pablo han cesado de tocar. En pie, los procuradores se yerguen para mirar al rey postrado de hinojos a la izquierda del altar. El de Burgos por las Cortes le ha comenzado a exhortar:
“Si nos hallamos reunidos es para haceros jurar los fueros y libertades que tendréis que respetar. Una vez hayáis jurado, las Cortes os jurarán soberano de Castilla, sin deciros majestad, que es tratamiento extranjero que Castilla no ha de dar. Mercenario sois del pueblo, nunca lo habéis de olvidar. Si al servicio estáis del pueblo, el pueblo os lo pagará.”
A Aragón se fue don Carlos y Aragón le hizo esperar, que hasta pasados seis meses nadie le quiso acatar.
Dos años han transcurrido cuando vuelve a la ciudad donde rey fue proclamado sin decirle majestad. Las calles están desiertas, nadie se quiso mostrar, que el rey faltó a su palabra y a más no pudo faltar.
Como Castilla se inflama decide de convocar las Cortes en Compostela, donde mejor dominar. En Compostela las Cortes no le llegan a votar el servicio que les pide para hacerse coronar. A aquellos que se le oponen el rey les hace expulsar, y a los que aún le resisten el rey los sobornará.
En Toledo los vecinos se han llegado a sublevar, los regidores reunidos formaron comunidad. Los toledanos afirman que solos se regirán, y han elegido una junta que preside un capitán. Es su nombre, caballeros, venerado en la ciudad. Es su apellido Padilla, pero su nombre es don Juan.
Don Carlos, que Adriano queda (un flamenco cardenal) de regente de Castilla para poderse ausentar, le ordena que con Toledo se proceda sin piedad.
En Castilla mientras tanto verdecieron las laderas, se estremecieron los chopos, enjambraron las colmenas. Los procuradores tornan pesarosos a su tierra, que antes de partir juraron que nunca el servicio dieran. Mas el que manda acostumbra a sobornar las conciencias de los que el pueblo le envía portador de sus protestas. Pero no hay traición que quede por mucho tiempo secreta: de la traición de los suyos los castellanos se enteran.
En Segovia, al enterarse, los vecinos se concentran. Es Juan Bravo quien les manda, Juan Bravo quien les arenga.
Y en Zamora mientras tanto, tienen jefe a la cabeza. Se llama Antonio de Acuña y es obispo de la Iglesia.
Igual acontece en Toro, Ávila, León y Cuenca.
De Soria y Guadalajara las mismas noticias llegan.
En Alcalá y en Madrid ya no manda la realeza.
Alicante y Salamanca se suman a la revuelta, y por todas las ciudades alegres campanas suenan, convocando a los vecinos para formar Asamblea.
Soria, Guadalajara, Ávila, León, Cuenca, Salamanca, Alicante, Toro y Alcalá…

Ya Adriano ha convocado el Consejo de Regencia y precipita a sus tropas a reprimir la revuelta. Ronquillo, el Pesquisidor, hasta mil jinetes lleva. Los segovianos se arman y sosegados le esperan.
Ya puede quedar Ronquillo a la orilla del Eresma, que Segovia no se rinde, Segovia no se doblega.
Un día se ve en los montes moverse una polvareda:
“Segovianos, segovianos, somos gente comunera. Venimos desde Madrid, Juan de Zapata en cabeza.”
“Segovianos, segovianos, abridnos todas las puertas. Somos hombres de Toledo con Padilla a la cabeza.”
Maldonado Pimentel con sus salmantinos llega, después de haber expulsado los nobles de sus haciendas.
Ronquillo levanta el sitio. Segovia guardó entereza. ¡Qué alborozo por las calles! Los pendones se despliegan, morados pendones viejos, violados de tanta espera.
Adriano se consulta en Consejo de Regencia. Por vencer a los segovianos no sabe lo que no diera. Hacia Medina del Campo vuelve sus ojos de presa, que es Medina a la sazón una ciudad artillera.
Mas los vecinos reunidos deciden negar las piezas. Los soldados del Consejo de la ciudad se apoderan y, derramando alquitrán, prenden fuego con sus teas.
De poco su saña vale al Consejo de Regencia: entran en comunidad Úbeda, Burgos, Palencia, Valladolid, Badajoz, Ciudad Rodrigo, Baeza, Sevilla, Toro, Jaén, Cáceres, León y Cuenca.
El pueblo se da sus jefes, expulsa a los que le dieran y, subiéndose a los montes, comunica por hogueras. Castilla se pertenece, a nadie perteneciera. Mensajeros afanosos se expanden por la Meseta.
Y en la razón de los otros, nuevas razones encuentran. Ya cunde en toda Castilla la rebelión comunera. Comunes el sol y el viento, común ha de ser la tierra. Que vuelva común al pueblo lo que del pueblo saliera.
Una mañana de agosto, los capitanes del pueblo al frente de sus mesnadas se alejan hacia Adanero. Pronto la noticia corre por los llanos y los tesos. Los que varean la lana dejan la lana en el suelo, las que vienen de los pozos posan los cántaros llenos. Acuden de todas partes menestrales y labriegos. Llegados frente a Medina, se detienen en silencio. Quedan en pie solo muros calcinados por el fuego. Como algunos medinenses se afanen en los aleros, Juan Bravo picando espuelas se precipita a su encuentro: “Nunca olvidará Segovia lo que por ella habéis hecho. Disponed de cuanto tiene, cuanto atesora ya es vuestro…”
Avanzan, pasada Rueda, entre cardos polvorientos. Les queman del sol sus armas, se levantan los vencejos. Padilla, Bravo y Zapata van cabalgando parejos cuando surge en los pinares un grupo de caballeros:
“En nombre de Tordesillas, venimos a vuestro encuentro. Si pronto no nos llegarais, nos llegarán los flamencos, que ya han querido llevarse la reina de su convento.”
Los vecinos les reciben con muestras de gran contento, y hasta la plaza han sacado morados pendones viejos, y las mozas se han prendido el morado comunero sobre las mantillas blancas, sobre los corpiños nuevos. ¡Cómo vuelan las campanas al entrar los comuneros!
Tras haberse concertado, Padilla y sus caballeros se dirigen al palacio que sirve a Juana de encierro.
“¿Nada os han dicho, señora, de la invasión de extranjeros, ni del pechar implacable que han convertido en saqueo? ¡Tan presa Castilla estaba como vos en vuestro encierro!”
La reina nombra a Padilla general de sus ejércitos y le pide que la Junta se convierta en su gobierno. ¡Cuán gozosos abandonan a Juana los comuneros! Se aferran a reina loca por no asirse ya a rey cuerdo. ¡Loca estuviera la reina para juntarse a su pueblo!
En Tordesillas convocan la Santa Junta del Reino. Las ciudades hermanadas envían los mensajeros que en la Junta representen a los que acudir no pudieron. De todos oficios salen los que bregar por el pueblo: de Ávila llega un pelaire, de Burgos un cerrajero, de Palencia un alguacil se ha traído su consenso; a Salamanca se escucha por la voz de un pellejero, por Medina un tundidor y por León un herrero.
En Tordesillas promulgan una ley de mucho aliento: “Que en el futuro a los grandes se les quite del gobierno. Que no guarden fortalezas, que no cuenten con guerreros, que tiranías pasadas no puedan volver con ellos. Que cuadrillas y parroquias ejecuten lo dispuesto.”
Que los vecinos se acerquen para prestar juramento. La lucha larga ha de ser por la libertad del reino: que no fuera libertad la que los reyes le dieron. Que libertad concedida, no es libertad, sino fuero.
“Igualdad en el pechar para el futuro queremos, que se den mejores tratos a los indios de este reino, que nada se dé a los jueces si bienes hay en un pleito, y se libere a la reina de su vivir en encierro.“
El otoño va avanzando y las jornadas abrevian. Adriano y su Consejo han declarado la guerra.
Los días ya son más cortos, las noches ya son más luengas. Los surcos, ya removidos, están esperando siembra.
Para lograr distinguirse hombres de la misma tierra, se cosen cruz blanca al pecho los que van por la realeza. Cruz roja de rebeldía es la insignia comunera.
El dieciséis de febrero, Burgos de madrugada, entre faroles y cirios un cadalso se levanta. Varios frailes atraviesan la vecindad congregada. Suenan trompas y tambores, la voz de un pregón se alza:
“Que sepan todos los pueblos de mis reinos de España que en uso de mi poder, al que nadie menoscaba, más absoluto y real que antes de que estallara la rebelión de que sufren las ciudades castellanas, condeno sin enjuiciarles y con sentencia inmediata doscientos cuarenta y nueve comuneros de más talla: a morir si son seglares, y si clérigos, que salgan de los conventos e iglesias perdiendo cuanto les valga. Firmado en Worms, vuestro Rey Carlos I de España.”
Al acabarse el pregón mil murmullos se levantan. “¡Viva Padilla!”, alguien grita. Nadie su voz sofocara, que amapola comunera en todo el trigal se ampara.
Muy pronto en Valladolid de lo de Burgos se habla. Se enfurecen los vecinos y se van hacia la plaza. “¡Traidores y criminales nosotros batallan! Que grandes crímenes fueron el que a Medina incendiaran y el asalto a Tordesillas, que a sus vecinos mataban por haber dado a la Junta cuanto tenían en casa.” (…)
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Extraído de Los comuneros, del Nuevo Mester de Juglaría (Juramento de Carlos I, Toledo se subleva, Rebelión castellana, El sitio de Segovia y la quema de Medina, Encuentro con la reina Juana, Ley de Tordesillas, Carlos I condena a los comuneros y un fragmento de El obispo Acuña).
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¿Cuánto de lo resaltado en negrita no podría decirse, solo con pequeños cambios, de lo acontecido las últimas semanas? ¿No es en esencia, acaso, otra vez la misma historia?